Crónicas del Guadajoz Andalusí

Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa

Plaza del Corpus Christi
5. Valenzuela

El sol declinaba lentamente, tiñendo de ámbar las lomas cubiertas de viñedos y olivares. El calor del día comenzaba a menguar, pero en el aire aún flotaba una tibieza persistente, como si la tierra se negara a soltar del todo la luz. La tierra, rojiza y fértil, estaba trabajada a conciencia.

Era evidente que no se trataba de un rincón olvidado: por todas partes había señales de vida. Un grupo de mujeres recogía hortalizas en una ribera, mientras unos niños acarreaban agua en cántaros desde una fuente que manaba entre juncos.

—Este lugar es Valenzuela —dijo Carmen, mirando el paisaje con un destello de reconocimiento—. Bueno, lo que hoy es Valenzuela. En mi tiempo hay un pueblo aquí, pequeño pero vivo. Tiene calles estrechas, una iglesia, casas blancas y una vista magnífica del campo…

—No me extraña —respondió Qāsim—. Esto está lleno de vida en nuestra época. No hay grandes fortalezas, pero sí muchas casas, huertas y talleres, con personas que saben trabajar la arcilla, el agua y el fuego.

Caminaban entre campos bien delimitados, y pronto dieron con un conjunto de edificaciones humildes. De su interior salía el humo blanco de los hornos, el eco del martillo golpeando la piedra, y el olor característico del barro húmedo.

Les recibió un hombre con manos ásperas y mirada serena. Vestía una túnica corta, teñida de ocre, y tenía los brazos manchados de arcilla hasta los codos.

—Paz a vosotros —saludó, sin dejar de girar la rueda del torno—. Venís con la última luz del día, y con ella también llega el momento de los detalles.

Qāsim inclinó la cabeza. —Buscamos aprender. ¿Podemos mirar?

El artesano asintió. A su alrededor se alineaban piezas en distintas fases: cuencos aún frescos, jarras torneadas y platos decorados esperando el vidriado.

—¿Cómo lográis esa perfección? —preguntó Carmen, maravillada.

—Es la arcilla quien lo permite, si uno sabe escucharla —dijo el hombre—. Hay que leerla con paciencia. Esta tierra nuestra, roja y terrosa, retiene la humedad justa. Primero la dejo reposar, luego la amaso bien, y solo entonces la llevo al torno. Después la dejo secar a la sombra, y cuando está lista, entonces la cocino.

Señaló un horno bajo, alimentado con ramas de olivo. A su lado, unas vasijas reposaban cubiertas de un barniz verdoso.

—Esto es vidriado —explicó—. Lo hacemos con plomo calcinado y arena fina, y a veces añadimos óxidos: cobre para el verde y manganeso para los tonos más oscuros. La mezcla se funde con el calor y crea esa capa brillante que protege y embellece.

Con una leve sonrisa, el artesano contemplaba las piezas, satisfecho con el resultado.

—No es solo para que se vea bonito. El vidriado hace que la pieza resista, que no absorba el agua. Por eso lo usamos en vajillas, pero también en azulejos y baldosas, para cubrir paredes y fuentes.

Se agachó y levantó con cuidado una de las piezas.

—Muchos piensan que esto es simple barro decorado. Pero detrás hay ciencia y mucha experiencia. Aquí mezclamos saberes antiguos: de Siria, de Persia, de Roma… Todo ha llegado hasta nosotros y lo hemos perfeccionado.

Otro artesano, más joven, se acercó con una bandeja de azulejos. En cada uno había dibujos geométricos de precisión exquisita. Círculos entrelazados, estrellas, hojas de parra estilizadas.

—A veces me dicen que esto es solo adorno. Pero no lo es. Cada línea tiene sentido. Es nuestra forma de honrar el orden de la creación.

—¿Y siempre usáis estos motivos? —preguntó Carmen.

—En las casas, sí, aunque en los objetos religiosos evitamos toda figura. Pero en lo doméstico se permite más libertad. No es raro encontrar peces, gacelas y pájaros. A veces, tallados en jofainas o lámparas.

Qāsim recogió uno de los azulejos con cuidado.

—Dicen que el arte es la forma que tiene una civilización de hablar consigo misma —dijo sin apartar la vista de la pieza.

Junto al horno, una mujer modelaba pequeños cuencos para el aceite. Tenía los dedos manchados de esmalte blanco y trabajaba con paciencia. La cálida y última luz de la tarde resaltaba las venas de sus manos, endurecidas por años de práctica.

Carmen la miró en silencio, tocando uno de los cuencos ya cocidos.

—En mi tiempo, se encuentran pedazos como estos por toda Valenzuela. Se estudian, se clasifican e incluso se intentan reconstruir. Pero sobre todo, se admiran.

—¿De verdad? —preguntó la mujer.

—Sí, en el museo local hay una vitrina entera dedicada a esta época, incluso con algunas monedas. Mucha gente acude a contemplar en primera persona estos pedacitos de historia.

En ese momento, otra mujer que había estado trabajando junto al torno los llamó con un gesto afable. Su delantal mostraba restos de harina y miel.

—Venid —dijo sonriendo—. El trabajo no se sostiene sin alimento. Hoy se sirve amaniya con briwât. No es un banquete de palacio, pero llena el alma.

Se acomodaron bajo una parra baja, listos para comer. El aroma era envolvente: carne enmelada con especias, nueces tostadas, y hojaldres crujientes rellenos de queso.

—Es cordero de paletilla —explicó la mujer mientras servía—. Lo embadurnamos con miel de romero y lo cocinamos con espliego, canela y azafrán. Después lo dejamos reposar con nueces por encima.

—Y esto… —añadió, señalando los hojaldres— son briwât. Rellenos de queso fresco con comino y perejil. El secreto está en freírlos rápido, para que crujan sin empaparse.

Carmen probó el cordero con lentitud, saboreando el contraste entre el dulzor y la intensidad de las especias. Cerró los ojos un instante. Luego tomó uno de los briwât, lo mordió con cuidado, y el crujido ligero de la masa dio paso al frescor del queso.

—Es espectacular cómo combina todo —murmuró, aún con la boca medio llena—. Dulce, salado, suave, intenso… todo a la vez.

Qāsim la miró de reojo, entretenido.

—La cocina andalusí es refinada —dijo Qāsim, mientras se servía un poco más de cordero—. Con la llegada de productos de Oriente, como el arroz, la caña de azúcar o las berenjenas, también trajimos nuevas formas de cocinar. Aprendimos a servir los platos por separado, uno tras otro, a cuidar la presentación, el ritmo en la mesa. Comer con elegancia se convirtió en una forma de mostrar cultura, de ejercer civilidad.

Tomó una pizca de comino del cuenco más cercano y la frotó con calma entre los dedos.

—Pero la cocina también es memoria. Cada especia y cada combinación vienen de lejos. Se perfeccionaron las vajillas, se mejoraron los hornos, se afinó el gesto de las manos. Todo cuenta: desde el barro del plato hasta el orden en que se sirve.

—Y mucho de eso aún se mantiene en mi época —dijo Carmen.

Mientras comían, el sol se hundía tras las colinas, y el cielo adoptaba un tono cálido, entre el cobre y el ámbar. Carmen alzó la vista, distraída por una forma en la distancia.

—¡Aquello es Cerro Boyero!

Qāsim siguió su mirada y observó el perfil de la meseta recortado contra la luz crepuscular.

 —Sí. Es una antigua edificación de finales de la edad de Bronce. Era un oppidum túrdulo, una ciudad íbera fortificada.

Se quedó un momento en silencio, como repasando el paisaje.

—La meseta está fortificada. Las murallas se levantaron hace siglos, y aunque muchas piedras son antiguas, los hombres las han reforzado con otras nuevas. Hay torres de vigilancia y almacenes excavados en la roca. Los manantiales bajan por las laderas, y gracias a ellos cultivamos olivos, cebada y hortalizas.

Volvió la vista hacia Carmen.

—Desde ahí se ve toda la campiña del Guadajoz. Es un buen lugar para vivir… y un lugar difícil de conquistar.

Dibujó una leve sonrisa.

—Muchos han pasado por sus calles: túrdulos, romanos, visigodos… Nosotros solo añadimos un capítulo más a su historia.

Carmen apartó con suavidad el plato, y dejó que su mirada se perdiera hacia el cerro.

—Hoy es un yacimiento arqueológico —dijo sin apartar la vista de la fortificación—. Está protegido como Bien de Interés Cultural. Bajo esos olivos sigue durmiendo la historia. En una excavación reciente encontraron una cisterna tallada en la roca, como una bañera. También restos de hornos, monedas, escorias de fundición… Algunos lo llaman la Numancia cordobesa. Y no les falta razón.

Qāsim alzó las cejas, curioso.

—¿Numancia?

—Una ciudad que resistió hasta el final, y que ahora todos recuerdan.

Qāsim asintió en silencio, mientras el último rayo de sol acariciaba la ladera. El viento traía aromas de aceite caliente, tierra y hojas secas. Nada se movía, salvo las sombras, que lentamente se hacían más largas.

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