Crónicas del Guadajoz Andalusí

Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa

Panorámica Llano del Espinar
2.1. Llano del Espinar

Dejaron atrás las calles del barrio y salieron del núcleo urbano por un sendero polvoriento que se abría entre pequeños huertos y olivares.

Al cabo de un rato, a lo lejos, apareció una pequeña finca rodeada de árboles y cercada por un bajo muro de piedra. Se oía el balido de una cabra y el golpeteo rítmico de madera. Y mezclado con aquellos sonidos, la brisa traía el inconfundible aroma de algo frito en buen aceite.

—Este lugar… —murmuró Carmen con una expresión repentina de reconocimiento—. Es Llano del Espinar. Claro. No lo había identificado desde lejos, pero ahora sí.

Un hombre de mediana edad, de manos curtidas y mirada afable, salió a recibirlos en la puerta del patio.

—¡Muqaddam, hermano! —saludó Qāsim con una sonrisa sincera mientras se estrechaban los brazos—. ¡Cuánto tiempo ha pasado!

Muqaddam asintió con calidez.

—Demasiado, Qāsim. Ya era hora.

—Te presento a Carmen —añadió Qāsim, volviéndose hacia ella—. Viene de muy lejos. Más de lo que imaginas.

—Bienvenida seas, hermana —dijo Muqaddam con una sonrisa y los ojos encendidos de curiosidad—. Pasad, pasad. Lubna está terminando de freír las últimas.

En ese momento, una mujer salió desde la cocina con una fuente entre las manos, aún humeante.

—No sé por qué, pero hoy sentí que debía preparar comida de más… y mira por dónde.

Era Lubna, de rostro amable y manos firmes. Les dedicó una sonrisa tranquila y los condujo hacia el porche, donde una mesa baja cubierta con un paño sencillo esperaba a la sombra de las cañas secas. Allí colocó una fuente de pequeñas albóndigas, doradas y humeantes, junto a una jarra de agua fresca perfumada con hojas de menta.

—Bolitas de pollo con pistacho, pan rallado, un poco de canela y cilantro molido —dijo Lubna mientras dejaba el plato en el centro—. Pero el secreto está en el aceite de oliva que preparamos aquí mismo.

Muqaddam asintió con orgullo.

—Y tampoco hace falta invitación para sentarse. Venga, comed mientras esté caliente.

Tras bendecir los alimentos con un breve “Bismillah”, Carmen tomó una con los dedos, la mojó en un poco de zumo de limón y la probó con expresión rendida.

—No sé si estoy en el pasado… o en el cielo. ¿Sabes? En mi época, Castro del Río es famoso por el bacalao, un pescado de mares lejanos.

Lubna la miró sorprendida.

—¡En serio! —exclamó Carmen—. Se ha convertido en un emblema de la gastronomía. Cada año se organiza un certamen gastronómico del bacalao, que atrae a medio mundo: hay concursos, vinos, productos típicos… Toda una fiesta.

Lubna sonrió, mientras mojaba una de las albóndigas en limón.

—Eso está bien —dijo al fin—. Las recetas cambian, pero lo que siempre quedan son las ganas de comer bien.

Frente a ellos, en el jardín, los hijos de Muqaddam jugaban en el suelo con unos pequeños muñecos tallados en madera. Carmen los miró con una sonrisa, sorprendida por la delicadeza de las figuras.

—Qué bonitos… ¿de dónde son? —preguntó con curiosidad.

—Los hicimos juntos, en el taller. A veces trabajamos… y otras jugamos a trabajar.

Se recostó ligeramente sobre el banco, con aire tranquilo.

—Aquí vivimos de lo que el olivo nos da —dijo Muqaddam con serenidad—. Trabajo la madera y la vendo a la gente del lugar; algunos incluso vienen desde otras alquerías solo para encargarme muebles o recoger aceite. La almazara está justo detrás, junto a los olivos más viejos. No es grande, pero es suficiente. Usamos una prensa de viga, como hacían nuestros abuelos: lo esencial es tratar bien el fruto y dejar que el tiempo haga su parte.

Carmen se fijó en el rincón del taller, donde descansaban un banco de carpintero, herramientas colgadas en la pared y un par de muebles en proceso: una silla y una pequeña arca.

—En mi tiempo, Castro del Río sigue siendo reconocido por la madera de olivo. Aún hoy se fabrican muebles de olivo que llegan hasta lejanos rincones del mundo. Las buenas piezas se hacen con madera vieja, de árboles que ya no dan fruto. La entierran en tierra o en arena durante meses para librarla de la polilla, y luego la trabajan con enea.

Muqaddam la miró con una mezcla de sorpresa y satisfacción.

—Entonces parece que la buena artesanía ha sabido mantenerse viva. Si dejamos que eso se pierda, se nos va algo más que un sistema de producción: se nos van nuestras raíces.

Qāsim no decía nada. Comía despacio, con los ojos tranquilos, como si todo en aquel patio —la comida, el sol, el olor a azahar en el jardín— fuera exactamente como debía ser.

Carmen levantó la vista hacia los campos de olivos.

—Qué curioso. Uno viaja siglos atrás para descubrir el pasado… y se encuentra con lo que debería ser el futuro.

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