Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa
Carmen abrió los ojos y se encontró en lo alto de una construcción sobria y austera que dominaba la campiña. Lo que tenía ante sí era al-Qalʿa, la vieja fortaleza andalusí que hoy es el Castillo de Espejo: un torreón defensivo, pero sin una ciudad que lo rodease todavía.
A unos pasos de ella, un hombre de túnica clara, bastón de madera y rostro curtido por el tiempo observaba el horizonte en silencio. No parecía sorprendido de verla, y Carmen tampoco se sobresaltó al verlo. Era como si lo hubiera estado esperando.
—Has llegado —dijo él sin volverse—. Y has llegado a tiempo.
—¿A tiempo de qué? —preguntó Carmen, aún sin comprender del todo dónde estaba.
—De descubrir los secretos andalusíes de la comarca cordobesa del Guadajoz —respondió el anciano con voz pausada—. La sabiduría de sus gentes, el trabajo de manos anónimas… y las piedras que levantamos para que el tiempo no se olvide de nosotros.
Se giró hacia ella con una expresión serena.
—Soy Qāsim b. Aṣbag, de Bayyāna. Jurista, historiador, maestro de califas… y portador de memoria. Pero lo que sé no lo aprendí solo de los libros, también de los hombres y mujeres que dieron vida a estas tierras. Ven. Esta comarca aún guarda historias que merecen ser escuchadas.
Carmen se acercó, confusa y fascinada a partes iguales.
Desde lo alto, el paisaje se desplegaba con colinas suaves, olivares interminables y caminos de polvo que se cruzaban como venas. Al fondo, los perfiles azulados de las sierras y, más allá, la línea invisible donde comenzaba el reino nazarí.
—Estamos en Espejo —dijo Carmen en voz baja, casi sorprendida de escucharse a sí misma—. Lo reconozco… pero parece otro.
Qāsim asintió con lentitud, sin apartar la vista del horizonte.
—Lo es, pero no el Espejo que tú conoces. Este es el Espejo en época andalusí: más pequeño y humilde, pero vivo.
—¿Y qué era exactamente este lugar en vuestra época? —preguntó ella, con un tono casi reverencial.
—Al-Qalʿa, que quiere decir “la fortaleza”. Esto era todo: una torre, un patio y un aljibe subterráneo. En época andalusí, esta cima era un bastión de vigilancia. Desde aquí se controlaban tres rutas: hacia el norte, a Qurṭuba (Córdoba); al este, hacia Qāšruh (Castro del Río); al sur, hacia Bayyāna (Baena) y, más allá, el viejo camino de Gharnāṭah (Granada).
—¿La Ruta del Califato? —dijo Carmen.
Qāsim sonrió.
—Así la llamáis ahora. Bonito nombre. Por aquí pasaban los emisarios del emir, los recaudadores de impuestos, los caravaneros con sus mulas cargadas de sedas, sal y especias. También pasaban soldados, claro. A veces nuestros, a veces no.
—Hoy también se usa —interrumpió Carmen—. Aunque nadie la recorre como entonces. Hoy es una ruta cultural. Va de Córdoba a Granada y pasa por aquí, por Espejo. Incluso hay gente que la hace en bicicleta, unas máquinas con ruedas que uno pedalea para avanzar.
Qāsim la observó con atención.
—Eso me gusta. Que la gente todavía use las rutas antiguas, aunque sea en esas máquinas de ruedas.
Guardó un instante de silencio, como quien ordena los recuerdos antes de compartirlos. Luego continuó:
—Esta colina ya fue elegida mucho antes de nosotros. Fue Ucubi en tiempos íberos, pero se alió con Julio César durante las guerras civiles romanas y Pompeyo la arrasó. Luego la reconstruyeron y la llamaron Attubi. Los romanos pusieron aquí su puesto, su specula, pero fue bajo los Omeyas cuando adquirió su forma actual: una alquería fortificada, un centinela de estas tierras.
Qāsim se detuvo en el centro del patio, donde los arcos proyectaban sombras curvas sobre el suelo de piedra.
—El aljibe está aquí debajo —dijo, señalando una abertura en el pavimento, protegida por un brocal de piedra.
Descendieron por una escalera que conducía a la cisterna subterránea. El aire cambió al instante: más fresco, más denso. Las paredes encaladas brillaban con la humedad acumulada durante siglos.
—Aquí recogemos la lluvia —explicó Qāsim mientras sus pasos resonaban suavemente en la bóveda—. En una tierra como esta, el agua es sinónimo de vida, resistencia y soberanía. Mientras haya agua aquí abajo, la fortaleza puede resistir los asedios durante más tiempo.
Carmen acarició el muro con la yema de los dedos, dejando que la frescura le recorriera la piel.
—No es el único aljibe que he visto en Espejo —dijo—. A las afueras, cerca de la antigua calzada, hay otro, de época romana. Está bien conservado, restaurado, y se puede visitar.
Se hizo un breve silencio. El eco de sus voces parecía perderse entre las piedras, como si estas guardaran todavía los rumores de otras épocas.
—En mi tiempo —añadió Carmen, bajando un poco la voz—, hay quien afirma que este pozo se conecta con túneles secretos. Se dice que uno de ellos lleva hasta la Albuhera. Nadie los ha encontrado, pero algunos aún lo creen.
Ascendieron de nuevo al patio, dejando atrás la penumbra del aljibe. Ya dentro del castillo, Carmen recorrió el espacio con la mirada, reconociendo elementos que en su época aún se conservaban.
—Ahora lo llaman Castillo de Espejo, o Castillo Ducal. Fue ampliado siglos después por un caballero cristiano, Pay Arias de Castro. Añadieron torres, escudos, murallas… Hoy pertenece a una familia noble. Se conserva bien, con muebles antiguos, armas históricas y estancias restauradas. Es un lugar que impone.
Se detuvo un instante, pensativa.
—Todo eso forma parte de su historia y tiene un gran valor, pero lo que me estás enseñando ahora… revela una capa más. Es increíble lo que puede esconder una estructura como esta, tantas vidas superpuestas en una misma piedra.
Qāsim asintió, con una media sonrisa.
—Eso es lo fascinante de estos lugares: no tienen un solo origen, sino muchos. Cada época dejó su rastro. Y cada capa habla, si sabes escuchar.
Se volvió hacia la salida y alzó el bastón, invitándola a seguir.
—Ven. Esto solo ha sido el comienzo. Ahora te llevaré a un lugar donde la piedra se convierte en sal, y la tierra aún guarda el sabor de otros siglos.
El camino comenzó a descender suavemente entre los olivares. El terreno cambiaba, volviéndose más blanquecino, agrietado, salpicado de costras de sal que relucían bajo el sol de la mañana.
Al poco tiempo, el terreno se abrió en una explanada. Frente a ellos, una sucesión de piletas y canales formaban un mosaico resplandeciente. Algunas estaban secas, otras cubiertas por una lámina de agua que reflejaba el cielo como un espejo.
—Estas son las salinas —dijo Qāsim—. Nos son muy preciadas, pues representan estabilidad. Mientras la sal brote, habrá algo que conservar, algo con lo que comerciar… y algo que proteger.
Carmen se acercó a una de las balsas. La superficie formaba dibujos agrietados por la evaporación, y entre los bordes asomaban conducciones antiguas, iguales a las que aún se conservan en su tiempo.
—Estas son las Salinas de Duernas —dijo ella—. Aún siguen activas y producen cerca de tres mil toneladas de sal al año. El agua aquí es cuatro veces más salada que la del mar. Antes la extraían con norias tiradas por animales, luego con mecanismos más avanzados. Hoy lo hacen con bombas, pero muchas cosas siguen casi igual.
—Entonces el ciclo no se ha roto —dijo Qāsim con una sonrisa serena—. Esta tierra ha sudado sal desde tiempos antiguos, y nosotros también la aprovechamos en época andalusí. No solo sirve para conservar alimentos, también es esencial para la digestión del ganado.
Se detuvo junto a una de las piletas secas y se agachó para recoger un puñado de cristales.
—También la usamos como medicina: para limpiar heridas, provocar el vómito o incluso devolver el apetito. Ibn al-Bayṭār, un sabio de mi tiempo, dice que puede despertar el corazón. Aunque también advierte que abusar de ella daña la vista y la sangre. Como todo poder, necesita medida.
—¿Y es fácil de conseguir? —pregunta Carmen.
—No es escasa, pero sí está regulada. El Estado —el walī, el gobernador— suele controlar su extracción. En algunos lugares se paga impuesto por cada carga. Y en los zocos, siempre hay un puesto de sal.
Se detuvieron al borde de una gran balsa que aún conservaba agua. El reflejo era tan nítido que parecía una puerta abierta a otro cielo.
—Aquí también llegaba la memoria —dijo Qāsim—. Algunos creían que la sal ayudaba a no olvidar. Por eso, en ciertas tumbas, se dejaban unos granos, para que el alma recordara el camino.
—Y, sin embargo —añadió Carmen—, casi nadie sabe que esto ya existía en época andalusí. Que la sal era más que un recurso: formaba parte de una cultura viva.
—Por eso estamos aquí —replicó Qāsim—. Para ver lo que permanece, aunque el tiempo lo haya vestido de otro modo.
Una brisa suave, cargada del aroma seco y mineral de las salinas, les acariciaba el rostro. Carmen y Qāsim se miraron un instante, y sin decir nada más, continuaron caminando.






