Crónicas del Guadajoz Andalusí

Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa

Convento de Santo Domingo de Scala Coeli
2. Castro del Río

El sendero descendía siguiendo la curva del río, bordeando huertos y olivares, hasta que el terreno se alzaba de nuevo para dar paso a un hermoso pueblo. Desde lejos, Carmen pudo distinguir el perfil inconfundible de una torre robusta y muros dorados por el sol.

Castro del Río —murmuró, como si el nombre se hubiera desprendido solo del paisaje.

Subieron por calles estrechas y empedradas, hasta alcanzar la parte alta del pueblo. Allí, dominando el horizonte, se alzaba la fortaleza.

Qāsim se detuvo un momento, contemplando las torres recortadas contra el cielo.

—Esta es otra de nuestras claves —dijo con serenidad—. Una fortaleza desde la que se vigila todo el valle del Guadajoz. Compacta como un puño cerrado, flanqueada por cuatro torres. En las entrañas de una de ellas guardamos un aljibe profundo, de ladrillo y con óculo abierto al cielo, que nos da agua incluso en los días más secos. ¿Ves los muros? Tapial endurecido, mampostería de siglos.

—Es impresionante… —susurró Carmen, deteniéndose en el patio de armas—. En mi tiempo aún se alza, aunque con reformas. Lo llaman castillo-fortaleza y dicen que conserva partes de esta época, pero también de otras posteriores. Hasta tiene una torre del homenaje.

—¿Una qué? —preguntó Qāsim con la ceja arqueada.

—Una torre noble, central, como símbolo de poder. La reconstruyen siglos más tarde, cuando esto ya no es frontera, sino posesión consolidada —explicó ella mientras avanzaba unos pasos, observando a su alrededor con atención—. Añaden nuevas estructuras, hacen modificaciones, lo restauran, pero siguen construyendo sobre lo que ya estaba. Estos muros de tapial —Carmen rozó la superficie áspera con los dedos— siguen aquí.

—No me sorprende —asintió Qāsim—. Cuando algo está bien pensado desde el principio, no hace falta empezar de cero. Mira a tu alrededor. Las murallas bordean el promontorio como serpientes de piedra. No siguen líneas rectas, se adaptan al terreno. Así se construyen las defensas verdaderas.

Hizo una pausa, observando con orgullo el adarve.

—Cada torre tiene su razón. Algunas guardan cámaras abovedadas donde los centinelas descansan entre turnos. Ya vamos por cuarenta, y no hemos terminado. Si la frontera lo exige, se levantarán más. Este lugar no se rinde.

Qāsim caminó unos pasos hasta el adarve, desde donde se divisaba la villa.

—Todo esto es un solo cuerpo —dijo, mirando hacia las casas que se extendían ladera abajo—. El castillo, las murallas, las casas que se amontonan más abajo. Las calles estrechas, los muros encalados, las puertas de madera sin adornos. Aquí nació la ciudad. Nosotros la llamamos madīna.

—Y nosotros, muchos siglos después, lo llamamos el “Barrio de la Villa” —comentó Carmen con una sonrisa—. Aún conserva esta estructura, aunque con otros usos y costumbres. Pero sigue latiendo.

Qāsim giró ligeramente sobre sus pasos y, señalando una calle que descendía entre muros encalados, añadió:

—Ven. Ya has visto el lugar desde arriba. Ahora toca caminarlo.

La brisa corría calle abajo mientras se adentraban en el corazón de la medina. El terreno se suavizaba y las murallas quedaban atrás.

Carmen observó a su alrededor con atención. Las casas, encaladas y humildes, se apretaban unas contra otras como si buscaran refugio del sol. Las calles eran estrechas, en pendiente, y giraban bruscamente en algunos tramos. Arcos de ladrillo cruzaban de un lado a otro, uniendo fachadas o formando pasajes sombreados.

—Se parece mucho a la Judería de Córdoba —murmuró—. Esa sensación de que todo está hecho para mantener la sombra y el frescor.

En una plazuela, varios niños jugaban a lanzar piedrecillas en un cuenco de barro. Una mujer se asomaba desde un balcón bajo con una cesta de higos. Más allá, un anciano se encorvaba sobre una silla mientras tejía unas cuerdas.

—Aquí vive la gente sencilla —dijo Qāsim—. Comerciantes, artesanos, labradores. Los que hacen que todo esto respire.

Carmen lo observaba todo con una mezcla de respeto y ternura. En aquel barrio, tan distinto y a la vez tan familiar, percibía una armonía desordenada, viva y hermosa.

—En el futuro aún se conserva mucho de todo esto. Las callejuelas, las fachadas blancas, incluso algunos arcos. Los viajeros siguen perdiéndose por aquí, buscando posada… sobre todo los peregrinos que hacen el Camino Mozárabe de Santiago.

Finalmente, se detuvieron frente a un edificio mayor, discreto pero sólido. Una franja de ladrillo enmarcaba la entrada. A un lado, una torre cuadrada de proporciones sobrias se alzaba sobre los tejados, con su remate de arquillos ciegos que daban paso al alminar.

—Aquí estamos —dijo Qāsim—. La alŷāma. La mezquita mayor de Qasr el-Riyya.

Empujó con suavidad la puerta y entraron. El interior estaba bañado por una luz tenue que descendía desde pequeños vanos altos. El suelo era de losas sencillas, y un olor a madera y cal flotaba en el aire. Desde el patio contiguo, abierto al jardín, llegaba un suave aroma a azahar. Al fondo, el mihrab se abría como una concha labrada, orientado hacia la Meca.

—Este no es solo un lugar de oración —explicó Qāsim, paseando entre las columnas—. Es también un refugio para el pensamiento. Aquí se escucha la voz del imán, pero también la del propio corazón, y no es raro ver cómo cada viernes este espacio se llena de vida: algunos vienen a rezar, otros a buscar conocimiento, y hay quienes solo necesitan detenerse un momento y respirar un poco de paz.

Carmen pasaba la mano con suavidad por uno de los pilares.

—Es impresionante cómo se respira todavía algo de eso… —susurró—. Aunque ya no es una mezquita: hoy es la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Poco después de la conquista, en 1240, la mezquita fue transformada en iglesia. Pero el alminar quedó… y lo usaron como campanario. Desde fuera, aún se nota.

Qāsim se detuvo, sorprendido.

—¿Y qué más queda?

—Algunas cosas. El edificio que ves se modificó mucho, sobre todo en el siglo XVI, cuando adquirió esa forma de iglesia mudéjar que aún conserva. Tiene tres naves, con capillas laterales, y una mezcla curiosa de estilos. Hay un arco de herradura almohade que sobrevivió en una de las paredes… y algunas columnas, como estas, que reaprovecharon de aquí mismo. O de ruinas romanas, incluso.

—La piedra no olvida —dijo Qāsim, tocando la columna con los dedos—. Los muros pueden transformarse, servir otras funciones, incluso rendirse a otras creencias… pero la memoria no los abandona.

—Este lugar sigue siendo muy importante para muchos. En Semana Santa sale de aquí una de las procesiones más queridas del pueblo. Y aunque el edificio ha cambiado, sigue siendo un lugar de encuentro: la gente entra, mira, se sienta, reza… o simplemente guarda silencio, como tú decías.

Qāsim miró el espacio en calma.

—Quizás no todo es tan diferente entre estos muros, al fin y al cabo.

Al salir de la mezquita, la luz volvió a envolverlos. En ese momento, una ráfaga de aire subió desde la calle y trajo consigo un olor especiado, cálido y tostado. Carmen cerró los ojos y aspiró.

—¿Notas eso? Huele delicioso. Me está entrando un hambre muy poco discreta.

Qāsim rió suavemente.

—Aguanta un poco más. Conozco una casa donde seguro están cocinando algo rico a esta hora. Es de un amigo mío, vive con su familia en una finca no muy lejos de aquí. Su mujer, Lubna, cocina como pocas. Y él trabaja con madera de olivo, y el aceite que usa en su casa lo ha prensado él mismo. Su familia le ayuda con todo. Vamos, no queda lejos.

Entradas recientes

    Comentarios recientes

    No hay comentarios que mostrar.
    Latest Posts
    Este mensaje de error solo es visible para los administradores de WordPress

    Error: No se ha encontrado ningún feed.

    Por favor, ve a la página de ajustes de Instagram Feed para crear un feed.

    

    To keep connected with us please login with your personal info.

    New membership are not allowed.

    Enter your personal details and start journey with us.

    Resumen de privacidad

    Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

    Muralla de La Almedina - Baena
    Logotipo - Next Generation EULogotipo - Plan de recuperación, transformación y resilienciaLogotipo - Ministerio de industria, comercio y turismoLogotipo - Mancomunidad del Guadajoz-Campiña Este