Crónicas del Guadajoz Andalusí

Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa

Iglesia Conventual Madre de Dios
4. Baena

El sol de la tarde caía sobre las laderas cubiertas de olivos cuando Qāsim y Carmen llegaron a lo alto de una colina. Una mancha blanca de casas se extendía por la falda del cerro, coronada por la silueta de una fortaleza antigua.

—Ahí está Bayyāna —dijo Qāsim, deteniéndose junto a una roca y alzando la mano—. “Una gran fortaleza sobre una eminencia del terreno”, como la describió al-Idrīsī hace siglos. Como un atento vigía entre trigales, higueras y olivares.

Hizo una pausa breve y añadió con una media sonrisa:

—Aquí nací. Y aunque mis caminos me llevaron lejos —a Córdoba, a Bagdad, incluso a la Meca—, siempre he llevado a Bayyāna conmigo. Pues esta es mi tierra.

Carmen miraba en silencio. Las callejas que descendían desde la altura parecían fluir como venas entre fachadas encaladas, perdiéndose entre tejados irregulares.

—Todo esto es la Almadīna —dice Qāsim—. El corazón de la ciudad. Murallas por los cuatro costados, con un castillo en lo alto y, más abajo, las casas, los talleres, las mezquitas… Desde aquí se controla el paso del río y los caminos que conducen a la campiña y a las tierras del este. Es un punto clave, tanto para el comercio como para la guerra.

—Ahora se llama el barrio de “la Almedina” —comentó Carmen—. Aún queda algún tramo de muralla y puertas antiguas, y hasta hay un torreón con una sala de arte mudéjar.

—Me alegra que un lugar como este aún conserve su alma —dijo Qāsim—. Aquí se tejía la vida en nuestra época: el zoco, los hornos de pan, las almazaras, la escuela de memorias y de letras… Incluso llegó a ser capital de la cora de Cabra y tenía su propia circunscripción administrativa.

—Y en mi época, una vez al año todo esto cambia por completo —añadió Carmen, mirando a su alrededor—. Durante la Tamborada, la Almedina se transforma: cientos de tambores suenan al unísono, como si el pueblo entero despertara de golpe. Hombres y mujeres se visten con túnicas negras o blancas, y durante horas hacen sonar sus tambores por las calles y el pueblo retumba en una explosión de emoción colectiva.

—¿Y qué se celebra? —preguntó Qāsim mirándola con curiosidad—.

—Es parte de la Semana Santa, donde se conmemora la Pasión y Muerte de Cristo —respondió Carmen—. Pero más allá del aspecto religioso, es una expresión colectiva que trasciende edades, creencias o ideas. El sonido del tambor es memoria, identidad… incluso catarsis.

—Qué maravilla —dijo Qāsim—. Como ves, en la época andalusí los sonidos son otros: el canto del muecín al amanecer, los rezos del viernes, el martilleo de los caldereros, el murmullo de los narradores de cuentos en el zoco al atardecer… Pero si todavía hay algo que hace latir al unísono a quienes habitan este lugar, eso significa que Bayyāna sigue muy viva.

Caminaron por una calle empedrada y pronto se abrió un pequeño ensanche: había una fuente en el centro, bancos de piedra, y unas lámparas de aceite que temblaban con la brisa. Bajo una parra en flor, un grupo de hombres y mujeres escuchaba en silencio a un joven que recitaba de pie, con la voz firme y los ojos cerrados.

—Aquí se recita poesía —dijo Qāsim en voz baja, sin interrumpir—. No en grandes salones de mármol frío, sino al aire libre, disfrutando de un té y de la música del laúd de fondo. Algunos improvisan zéjeles; otros repiten muwasahas aprendidas de memoria. Amor, fe, deseo, burla… todo cabe.

El verso final provocó una sonrisa general y un aplauso contenido. El recitador inclinó la cabeza con humildad, mientras otro se levantaba ya entre los presentes, afinando la voz para su turno.

Carmen se acercó un poco más a Qāsim y murmuró, casi para sí:

 —Esto me recuerda al Cancionero de Baena. Aunque se compuso siglos después, también recoge versos como los que se oyen aquí.

Qāsim la miró, curioso.

 —¿El Cancionero de Baena?  —preguntó.

—Sí —respondió Carmen—. Es un libro que recoge esa tradición de poesía popular y culta. Sin la influencia andalusí no sería lo mismo.

—Así que además de piedras en Bayyāna también perduran versos —dijo Qāsim con una sonrisa.

Siguieron avanzando, y al doblar una esquina, Carmen señaló un mirador desde el que se divisaba parte de la vega.

—¿Sabes? En alguna parte de ahí abajo —dijo— apareció un tesorillo califal. Monedas de plata, dirhemes. Dicen que fue escondido en tiempos de inestabilidad, quizás cuando murió Almanzor.

—Tesoro escondido, tiempos revueltos. No hace falta mucha explicación —murmuró Qāsim—. Y en tiempos revueltos, nada más valioso que una buena defensa.

Alzó ligeramente el bastón, señalando hacia lo alto.

—El castillo está cerca. Ven. Te mostraré por qué es una de las fortalezas más imponentes de toda la comarca del Guadajoz.

El camino zigzagueaba entre casas encaladas. Algunas mostraban portones de madera oscura, otras rejas forjadas cubiertas por macetas colgantes. En las esquinas, artesanos vendían su mercancía: cestos llenos de higos, cántaros rebosantes de agua fresca, piezas de cerámica vidriada alineadas junto a muros encalados. El aire traía olores mezclados de pan recién horneado, especias cálidas y cuero trabajado.

Emprendieron la subida al castillo.

—Estas piedras han visto guerras, ¿verdad? —preguntó Carmen—.

—Desde luego —respondió Qāsim—. Su posición no era casual. Este lugar ya era estratégico en el siglo IX. Omar ibn Ḥafṣūn, el rebelde que se alzó contra Córdoba, tomó Bayyāna. Desde aquí desafiaba al emir y extendía su influencia por toda la campiña. Fue necesario reforzar las defensas. La colina se convirtió en bastión.

Cruzaron una de las puertas y entraron al interior de la estructura.

—La fortaleza es cuadrada y poderosa —continuó—, con torres sólidas de tapial y mampostería. Algunas, como la del noreste, quizá vienen de épocas aún más antiguas. Hay una puerta que da al campo, otra que conecta con la almedina, y varias torres que custodian cada ángulo. La Torre de los Secretos protege uno de los accesos más importantes, y en la esquina suroeste se alza la gran torre del homenaje. Desde lo alto se domina todo: la villa, los caminos, los olivares… hasta las lejanas sierras en los días despejados.

Carmen paseó la vista por el perímetro.

—En mi época solo quedan algunos tramos de muralla y tres torres en pie: la del Secreto, la de los Cascabeles y la de las Arqueras —dijo—. Durante siglos, el castillo fue modificándose. En el siglo XVI pasó a manos de los duques, y se transformó poco a poco en palacio. Abrieron vanos, añadieron estancias, cubrieron patios y construyeron dependencias domésticas. Lo defensivo pasó a un segundo plano.

—Es lo que ocurre en tiempos de paz —dijo Qāsim—. Es una buena señal.

—Aún así —continuó Carmen—, el castillo siguió siendo testigo de grandes momentos a lo largo de su historia. Aquí estuvo preso Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Más tarde durmieron entre sus muros los Reyes Católicos. Y ya en tiempos de la guerra civil, llegaron incluso a construir un búnker dentro de la fortaleza.

La luz del atardecer acariciaba las fachadas encaladas, mientras una brisa tibia arrastraba el aroma terroso de la campiña.

—Ven —dijo Qāsim, señalando un estrecho descenso entre muros encalados—. Todavía no hemos visto el alma de Bayyāna al completo.

Descendieron por una calle de piedra y pronto alcanzaron una vieja puerta de la muralla. La estructura era sencilla, con un arco de medio punto y muros reforzados con hiladas de ladrillo. A un lado, se alzaba un torreón de proporciones humildes, pero con la impronta de tiempos antiguos.

—¿Ese es el famoso Torreón del Arco Oscuro? —preguntó Carmen, reconociendo la estructura.

—Ese nombre parece que vino mucho después, pero me alegra saber que aún se conserva en tu época —respondió Qāsim—. Esta torre es una de las entradas al recinto fortificado. Fíjate en este recodo: no se puede atravesar en línea recta. Así evitaban que alguien pudiera entrar corriendo o a caballo. Era una defensa discreta, hecha con inteligencia.

Atravesaron el paso y un poco más adelante los muros de un hermoso edificio aparecieron entre las calles.

—La mezquita aljama de Bayyāna —dijo Qāsim con una mirada profunda y llena de recuerdos—. El corazón de la comunidad.

La fachada era sobria, de piedra caliza y tapial, y la armonía de sus líneas y la dignidad de su presencia imponían respeto.

El patio de la mezquita se abría bajo el cielo, rodeado por arcadas sencillas y columnas que proyectaban sombras finas sobre el pavimento. En el centro, una fuente dejaba caer un hilo constante de agua sobre una pila de piedra, donde varios hombres se lavaban manos, rostro y pies con gesto recogido.

—Fue construida en tiempos de ʿAbd al-Raḥmān II —dijo Qāsim en voz baja, como si no quisiera interrumpir la escena—. No solo para rezar, también como lugar de encuentro y de transmisión de saberes. Un centro de vida social y comunitaria.

Al fondo, desde la base de la torre cuadrada, se alzaban las notas largas de la voz del muecín. Los fieles, en pequeños grupos, se deslizaban hacia la sala de oración.

—El alminar está en el muro norte —dijo Qāsim, señalándolo con un leve gesto—. No es especialmente alto, pero su función no depende de la altura. La llamada se oye desde el zoco, y cuando comienza, todo a su alrededor parece hacerse a un lado.

Carmen observaba el tranquilo movimiento de los hombres que entraban y salían del oratorio, inmersa en la calma envolvente de la mezquita.

—Me sigue sorprendiendo pensar que este lugar, siglos después, será una iglesia —murmuró—. Cambiarán los rezos, las piedras se cubrirán de yeso y retablos… pero el edificio seguirá aquí, acogiendo a los fieles. El alminar, por ejemplo, dicen que aún permanece oculto bajo la torre barroca que se alza en mi época.

Se detuvieron bajo un pórtico lateral, donde un anciano enseñaba a unos niños sentados en el suelo. Recitaban en voz baja, repitiendo versos que apenas rompían el murmullo del agua.

—De niño me sentaba así, con las piernas cruzadas, aprendiendo de los sabios —dijo Qāsim—. Aprender de los mayores es un privilegio que uno valora más con los años.

Salieron al exterior de la mezquita y se quedaron un momento en silencio.

—Ven —añadió entonces Qāsim—. Hay otro lugar que quiero que veas, más antiguo y solitario.

Salieron de Baena y tomaron un camino que se elevaba entre campos ondulados, hasta alcanzar un cerro rocoso coronado por muros de piedra y una torre firme, de esquinas redondeadas. Desde allí, dominaba la campiña como un vigía inmóvil.

A medida que se acercaban, el perfil de la fortaleza se hacía más definido: torres menores flanqueaban la entrada, y un pasillo de acceso recorría el muro este, custodiado por saeteras.

—Esto es el Ḥiṣn que protege las lindes orientales del Califato —dijo Qāsim—. Un bastión de frontera que guarda los caminos entre al-Qabriyyīn y Bayyāna. Pero las piedras no fueron todas colocadas por nosotros. Esta estructura se alza sobre ruinas antiguas, tan viejas que incluso los ancianos solo las conocen por leyendas.

Carmen lo miró con asombro.

 —Entonces… es Torreparedones —murmuró, reconociendo por fin el lugar que tantas veces había visitado en ruinas, ahora vivo y lleno de sentido.

Ya dentro del recinto, cruzaron el patio de armas. A un lado, se oía el martilleo de un herrero; más allá, una mujer recogía agua del aljibe, mientras los niños jugaban entre los establos y las cocinas. Las bóvedas del castillo se veían firmes, las torres estaban unidas por adarves y una brisa movía los estandartes con lentitud.

—¿Y quién manda aquí? —preguntó Carmen, observando los muros reforzados con sillares.

—Un walī al servicio de Córdoba, aunque no siempre fue así. Este cerro ha tenido muchos nombres y muchos señores. Los íberos levantaron aquí hasta tres murallas, más tarde llegaron los romanos y dejaron su huella en forma de columnas, cimientos y lápidas. Incluso en el aljibe —añadió, señalando la estructura rectangular con revestimiento rojizo— se hallaron urnas con inscripciones latinas; la más conocida pertenece a la familia de los Pompeyos.

Carmen se inclinó ligeramente, como si buscara en el fondo del aljibe una imagen remota.

—Hoy el castillo está en ruinas —dijo Carmen, con voz serena—, pero todo este cerro ha sido rescatado del olvido. Es uno de los parques arqueológicos más importantes de Córdoba. La torre sigue en pie, y ahora los visitantes caminan entre calzadas romanas, templos antiguos y restos como este castillo aún imponente.

Qāsim sonrió levemente.

—Mientras la piedra resista y haya personas dispuestas a cuidarla, esta maravilla seguirá viva.

Carmen volvió la vista hacia la torre, intentando grabar en la memoria aquella hermosa estructura.

—Es hora de continuar —dijo Qāsim rompiendo el silencio con suavidad—. Aún quiero mostrarte algo que transformó nuestra forma de cultivar esta tierra.

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