Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa
—Bueno —dijo Qāsim, alzando la vista hacia el poniente—. El sol ya se ha puesto, y pronto dará paso a la noche. Ha llegado el fin del viaje… y la hora de la despedida.
Guardó silencio, como si las palabras pesaran.
—He aprendido mucho contigo, Carmen. Y estoy seguro de que tú también has recogido cosas de valor en este camino.
Carmen lo miró emocionada.
—No quiero que termine —dijo en voz baja, casi temblorosa—. He visto cosas que nunca imaginé.
Qāsim sonrió con ternura. Su mirada era serena, pero también profundamente humana.
—Este viaje no termina al despertar, Carmen. Es solo el comienzo.
Sin que mediara más palabra, mirándola con una sonrisa cómplice, Qāsim dio un paso atrás. El contorno de su figura se desdibujó poco a poco, junto a todo el paisaje de alrededor, como si la luz y el viento lo arrastraran todo suavemente hacia otro lugar.
Carmen despertó.
Tardó unos segundos en reconocer de nuevo el lugar, pero el murmullo del Guadajoz la devolvió suavemente a la realidad.
Se incorporó despacio, aún desorientada, con la sensación de haber regresado de un largo viaje. Entonces notó algo en su bolsillo. Allí encontró un pequeño caballo de madera de olivo y lo reconoció al instante: era uno de los juguetes de los hijos de Muqaddam.
Lo sostuvo entre los dedos, sonriendo, y se puso de nuevo en marcha.






