Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa
Descendieron desde las colinas hasta la fértil vega del Guadajoz, donde el río, sereno y antiguo, serpenteaba entre sotos, huertas y campos sembrados. El camino se estrechaba a medida que se aproximaban a las orillas y el murmullo del agua se hacía más claro.
Fue entonces cuando la vieron al doblar un recodo del sendero: una gran rueda de madera girando con lentitud, mordiendo el agua con sus paletas y levantando en su ascenso pequeñas bocas llenas que vertían su contenido en un canal suspendido sobre pilares de piedra.
Carmen se detuvo en seco y la miró como si reconociera a una vieja amiga.
—¡Es ella! —exclamó—. Es la noria de Albendín. En mi época hay una réplica idéntica. Mis padres solían traerme a verla cuando era pequeña. Me fascinaba verla girar; tiene algo hipnótico.
Qāsim se acercó hasta uno de los estribos de piedra que sostenían el eje de la noria. Apoyó la mano sobre la estructura y siguió con la mirada el curso del agua por el canal, atento y en silencio. Luego giró levemente el rostro hacia ella.
—Es sabiduría antigua: técnica puesta al servicio de la necesidad. A esta rueda que gira sin descanso nosotros la llamamos na‘ūra. Y no nació aquí: sus orígenes se remontan a tierras del este, a Siria, a los valles de Mesopotamia, a los ingenieros del Tigris y del Éufrates. Pero aquí, en al-Andalus, la perfeccionamos, la adaptamos a nuestros ríos y a nuestras necesidades. Y gracias a ella, esta tierra floreció.
Caminó unos pasos y señaló la azuda, esa presa baja que redirigía el cauce hacia un canal estrecho.
—Mira: todo empieza con la azuda, que sirve para guiar el agua. Su estructura de estacas, piedras y tierra desvía parte del caudal hacia el canalizo. El agua fluye entonces hacia aquí, donde se abre o se cierra la compuerta —el aguatocho— y, al golpear las paletas, pone en marcha la rueda. Sin animales ni esclavos que la hagan girar. Solo con la fuerza del río.
Carmen se acercó, observando cómo los cangilones —pequeños recipientes cerámicos sujetos al borde de la rueda— recogían el agua en su punto más bajo y, con el giro, la elevaban hasta verterla en un canal de piedra sostenido por una estructura elevada.
—¿Y ese canal?
—Se llama añaquil. Es como un acueducto pequeño. El agua vertida ahí es conducida por gravedad a través de acequias que cruzan las huertas. Así se riega toda esta vega. Cada parcela recibe su turno. Hay un calendario y un maestro de agua que lo supervisa. Todo está ordenado.
—¿Y esto es común?
—Mucho. Desde el Guadalquivir hasta el Segura, desde las vegas de Granada hasta los ríos menores como este. Las norias permiten regar tierras que antes eran estériles, liberando con ello muchas manos, pues la noria trabaja día y noche sin descanso.
Carmen se volvió, mirando los campos que se extendían más allá de la noria. Campesinos trabajaban los surcos, niños corrían por los senderos de tierra, y algunas mujeres llenaban cántaros en los canales. Todo giraba en torno a la gran noria de madera.
—Como ves, es el corazón de la alquería —dice Qāsim—. Donde no llega el río, llega la ingeniosa rueda. Gracias a estas norias, la agricultura deja de ser una simple forma de subsistencia y se convierte en una fuente de riqueza. Hacen posible el comercio, aseguran el abastecimiento de las ciudades y permiten incluso la exportación. Detrás de esta estructura hay una ciencia. Hay hidráulica. Hay ingeniería. Hay precisión en cada uno de sus movimientos.
—Y ese sonido… —dijo Carmen, señalando el chirrido monótono de los cangilones al verter el agua.
Qāsim sonrió.
—Es el gemido de la na‘ūra. En árabe, ese nombre viene de nawa‘ra, «la que gime». Ese quejido es su sello, su voz. Es parte del entorno.
—Y pensar que, siglos después, harían una réplica. Para que no se olvide —añadió Carmen, con un deje de ternura.
Qāsim asintió en silencio, la mirada aún puesta en el giro constante de los cangilones. Durante unos instantes no dijeron nada y permanecieron en silencio disfrutando de aquella melodía.
Al cabo de un rato, reanudaron la marcha.






