Crónicas del Guadajoz Andalusí

Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa

Mercado Público
3. Nueva Carteya

Tras la comida, agradecieron a Muqaddam y Lubna su hospitalidad. El artesano y su esposa los despidieron junto al portón. Carmen guardó con cuidado el pequeño hatillo de pan y dátiles que Lubna les había entregado “para el camino”. Poco después, retomaron la ruta.

El sendero discurría entre colinas suaves y sembrados que ondulaban con la brisa. El sol, ya alto, arrancaba destellos entre los olivares, y los pasos de los dos viajeros dibujaban un leve rastro sobre la tierra seca.

Habían salido del Llano del Espinar con dirección al este, pero Carmen se detuvo de pronto, con el ceño ligeramente fruncido.

—Aquí… —murmuró, volviendo sobre sus pasos un par de metros—. Sí. Esto es Nueva Carteya.

Qāsim la miró con extrañeza.

—No conozco ese nombre.

—Claro. En tu tiempo no existe. Pero en el mío hay un pueblo justo aquí, en este valle. Nueva Carteya se fundó mucho después, pero cada vez que vengo, reconozco esta ladera, este perfil de los montes.

—No me sorprende — dijo Qāsim—. Esta tierra ha sido codiciada desde siempre. Los íberos, los romanos, incluso los visigodos levantaron fortificaciones por aquí. Nosotros, en época andalusí, aprovechamos muchas de ellas. Las reforzamos, o las modificamos para adaptarlas a nuestras necesidades. Aquí se vigilaba y se defendía, pero también se vivía con normalidad.

Carmen asintió, mirando el horizonte.

—¿Sabes? Hoy día, se sigue recorriendo todo esto. Pero en bicicleta —añadió, con una leve risa—. Hay rutas organizadas que atraviesan los antiguos recintos fortificados. Son marchas populares, no competitivas. Van por los senderos que cruzan la Plaza de Armas, El Higuerón… hacen hasta paradas para descansar entre las ruinas.

—Curioso destino —dijo Qāsim con una media sonrisa—. Pero mejor descubrir estas fortalezas en una ruta de ocio que jugándote la vida por conquistarlas o defenderlas.

Siguieron caminando, el terreno cada vez más abierto, los cerros más marcados en el perfil del paisaje.

—En el pueblo hay un museo —dijo Carmen—. Uno pequeño, pero con mucho cuidado por el patrimonio local de otras épocas. Guardan piezas que han ido apareciendo desde hace generaciones, algunas de época andalusí. Incluso hay monedas y fragmentos de cerámica.

Qāsim giró la cabeza, con gesto interesado.

—Así que la gente de tu tiempo aún guarda nuestras cosas.

—Sí. Fue gracias a una asociación ciudadana que se logró abrir el museo hace unos años. Se llama ACEPHACA. Se encargan de conservar, estudiar y divulgar el patrimonio arqueológico. Lo han hecho todo con mucho amor.

—Eso les honra —afirmó Qāsim—. No todo se pierde si hay quienes guardan amor y respeto a la memoria de los pueblos.

El viento sopló más fuerte en lo alto del cerro, y ante ellos empezaba a perfilarse la silueta de otra elevación.

 Qāsim se detuvo un momento, con la mirada fija en el horizonte.

 —Quiero enseñarte la fortaleza más importante de toda esta zona —dijo con un tono distinto, casi reverente—. Está muy viva.

Señaló con el dedo hacia una loma más al este, donde la tierra se alzaba en formas familiares.

Carmen entrecerró los ojos, siguiéndole el gesto.

—Ya sé cuál es —respondió—. Te refieres a El Higuerón. Estoy deseando conocerlo en esta época.

Reanudaron la marcha, mientras la silueta del cerro iba ganando forma ante sus pasos. Allí se alzaba El Higuerón. Desde la distancia, Carmen pudo distinguir el perfil de los muros, la forma de los torreones y un discreto movimiento en las alturas.

Cuando alcanzaron la entrada principal, un par de hombres armados los observaron desde lo alto de una estructura de vigilancia. No hubo hostilidad, pero sí precaución. Qāsim intercambió unas palabras breves con uno de ellos en tono firme pero cordial. Finalmente, les permitieron el paso.

Dentro del recinto, lo que se abría no era un poblado, sino una guarnición activa. La fortificación, de origen romano y reforzada por los andalusíes, se mantenía como punto de control. Soldados patrullaban el adarve, revisaban cuerdas y poleas, y afinaban flechas en los bancos de piedra.

Una voz grave se acercó desde un lateral:

—Estáis lejos del llano para venir sin carga ni armas. ¿Qué os trae hasta aquí?

El hombre era alto, de barba entrecana y ojos curtidos por el sol. Llevaba el manto recogido al cinturón y una lanza corta al hombro.

Qāsim inclinó levemente la cabeza.

—Curiosidad… y respeto. Esta tierra merece ser recorrida con ambos.

El soldado frunció el ceño al oír la voz. Dio un paso más, y lo observó con detenimiento.

—¿Qāsim? —preguntó, entre asombro y duda—. ¿Eres tú, el hijo de Aṣbag?

Qāsim sonrió apenas.

—El mismo. Aunque algo más andado.

El hombre lo miró con renovado respeto y bajó la lanza.

—¡Que Alá me perdone! Hace años que no oía ese nombre por aquí. ¡El sabio de Baena! ¡Maestro de emires y dolor de cabeza de los legistas de Córdoba!

Carmen esbozó una sonrisa discreta, sorprendida.

El soldado miró ahora a ambos con otro aire y señaló un banco de madera bajo un toldo improvisado.

—Vamos, acercaos. Hay pan, perdiz y alcachofas. Comed tranquilos y ya hablaremos después.

Carmen y Qāsim se sentaron agradecidos. Un cuenco de madera les fue ofrecido con perdiz cocinada lentamente, sazonada con hierbas y especias cálidas. A un lado, las alcachofas, tiernas, conservaban el aroma del ajo y un vinagre suave. Pan de trigo y agua fresca completaban la comida.

Mientras comían, Carmen observaba los sillares macizos, las torres que se alzaban sobre los muros y las miradas firmes de los hombres que allí servían. Finalmente, habló.

—En mi época —dijo con tono reflexivo— este lugar es un yacimiento arqueológico. Se llama El Higuerón. Lo visitan estudiantes, arqueólogos, incluso familias en excursiones. Se sabe que aquí hubo una fortificación importante… se habla de murallas monumentales.

El soldado que les había recibido la miró con interés, limpiándose las manos con un trapo.

—¿Y aún se habla de nosotros?

—Mucho. Aunque no se sabe todo, y todavía se siguen haciendo excavaciones. Cada hallazgo revela una pieza más. Está documentada la ocupación desde el siglo IV antes de Cristo… iberos, romanos, y también la vuestra. Hasta hay estructuras vuestras conservadas. En la actualidad hay un museo en un pueblo cercano donde se guardan monedas y cerámicas andalusíes que salieron de esta tierra.

El hombre asintió, con una mezcla de orgullo y satisfacción en su rostro.

—Y no solo se conserva en museos —añadió Carmen—. También se recorre. Se hacen rutas en bicicleta por los recintos fortificados de la zona. Yo misma lo hice una vez. Aunque claro… entonces esto estaba en ruinas.

Qāsim la miró con una media sonrisa.

—¿Ruinas? Con una buena historia y algo de imaginación… las ruinas dejan de serlo.

La conversación se aligeró entre tragos de infusión.  Cuando la sombra de la torre comenzó a estirarse sobre el patio, Qāsim se puso en pie con calma.

—Gracias por la hospitalidad —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Nosotros seguimos hacia el este. Aún hay mucho que quiero mostrarte —añadió, dirigiéndose a Carmen.

Carmen echó una última mirada al lugar. Aquel bastión activo, firme, lleno de señales del pasado pero todavía vivo, quedaría grabado en su memoria con otra luz.

—Hasta la próxima —susurró.

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