







Un viaje por la memoria viva de al-Ándalus en la campiña cordobesa
Carmen había iniciado temprano su ruta de senderismo, siguiendo el curso del río Guadajoz y recorriendo un tramo del Camino Mozárabe. Caminaba sola, con la única compañía del murmullo constante del río, el susurro del viento entre las hojas de los árboles y los discretos sonidos de la fauna entre las ramas y los juncos.
A mediodía llegó al Puente de Piedra, a las afueras de Baena. El río fluía manso entre los márgenes reforzados, y la joven alameda, con sus eucaliptos aún jóvenes, ofrecía una sombra fresca y limpia.
1EspejoCarmen abrió los ojos y se encontró en lo alto de una construcción sobria y austera que dominaba la campiña. Lo que tenía ante sí era al-Qalʿa, la vieja fortaleza andalusí que hoy es el Castillo de Espejo: un torreón defensivo, pero sin una ciudad que lo rodease todavía.
A unos pasos de ella, un hombre de túnica clara, bastón de madera y rostro curtido por el tiempo observaba el horizonte en silencio. No parecía sorprendido de verla, y Carmen tampoco se sobresaltó al verlo. Era como si lo hubiera estado esperando.
- Castro del Río2

El sendero descendía siguiendo la curva del río, bordeando huertos y olivares, hasta que el terreno se alzaba de nuevo para dar paso a un hermoso pueblo. Desde lejos, Carmen pudo distinguir el perfil inconfundible de una torre robusta y muros dorados por el sol.
—Castro del Río —murmuró, como si el nombre se hubiera desprendido solo del paisaje.
3Nueva CarteyaTras la comida, agradecieron a Muqaddam y Lubna su hospitalidad. El artesano y su esposa los despidieron junto al portón. Carmen guardó con cuidado el pequeño hatillo de pan y dátiles que Lubna les había entregado “para el camino”. Poco después, retomaron la ruta.
El sendero discurría entre colinas suaves y sembrados que ondulaban con la brisa. El sol, ya alto, arrancaba destellos entre los olivares, y los pasos de los dos viajeros dibujaban un leve rastro sobre la tierra seca.
- Baena4

El sol de la tarde caía sobre las laderas cubiertas de olivos cuando Qāsim y Carmen llegaron a lo alto de una colina. Una mancha blanca de casas se extendía por la falda del cerro, coronada por la silueta de una fortaleza antigua.
—Ahí está Bayyāna —dijo Qāsim, deteniéndose junto a una roca y alzando la mano—. “Una gran fortaleza sobre una eminencia del terreno”, como la describió al-Idrīsī hace siglos. Como un atento vigía entre trigales, higueras y olivares.
5ValenzuelaEl sol declinaba lentamente, tiñendo de ámbar las lomas cubiertas de viñedos y olivares. El calor del día comenzaba a menguar, pero en el aire aún flotaba una tibieza persistente, como si la tierra se negara a soltar del todo la luz. La tierra, rojiza y fértil, estaba trabajada a conciencia.
Era evidente que no se trataba de un rincón olvidado: por todas partes había señales de vida. Un grupo de mujeres recogía hortalizas en una ribera, mientras unos niños acarreaban agua en cántaros desde una fuente que manaba entre juncos.







